El problema de la dilución en el origami
Vivimos en una época en la que todo se digitaliza. La prensa, los libros, la música, los videojuegos ya han dado el paso. Algunos videojuegos ya ni siquiera salen en versión física. Existen únicamente en forma de descarga.
En el origami, el movimiento es el mismo. Comprar un libro digital es más sencillo. Más fácil de almacenar. Más barato. Disponible de inmediato.
Lógicamente, esta evolución debería provocar una explosión de las descargas.
Sin embargo, no es eso lo que observamos. Las ventas de ebooks se estancan, a veces retroceden.
¿Por qué?
He buscado una diferencia estructural con otras industrias culturales.
En la música, las obras siguen siendo escuchables indefinidamente, pero el consumo es fluido, repetitivo, casi infinito. Se pueden escuchar cientos de temas sin agotar el tiempo de práctica.
Un videojuego envejece. Las tecnologías evolucionan. Los estándares gráficos cambian. Una parte de la producción se vuelve rápidamente obsoleta.
El origami funciona de otra manera
Un modelo requiere tiempo. A veces varias horas. A veces varios días.
Y sobre todo, un modelo se puede plegar indefinidamente. Plegar a Román Díaz o Satoshi Kamiya 20 años después sigue siendo igual de placentero.
Por supuesto, algunos diagramas envejecen. Los estilos evolucionan. Las técnicas progresan. Pero en conjunto, un modelo publicado hoy seguirá siendo relevante durante décadas.
Cada nuevo diagrama no sustituye, por tanto, a los antiguos. Se suma.
Sin desaparición natural. Sin un verdadero ciclo de renovación.
Cada día, nuevos modelos enriquecen un patrimonio ya inmenso.
El stock aumenta. Pero el tiempo disponible de los plegadores no crece.
Ahí es donde nace la dilución.
Un nuevo diagrama ya no crea necesariamente un efecto de evento. No es que sea menos bueno. Es que llega a un paisaje ya saturado.
Ayer, plegué el Rinoceronte de Mi Wu
Las primeras páginas son desconcertantes. Nada se parece a lo que conocemos. Avanzamos sin comprender a dónde nos lleva el autor. Avanzamos casi a ciegas.
Luego, en las últimas etapas, aparece el rinoceronte. Nítido. Evidente. Inesperado.
Este momento no es solo técnico. Es emocional.
No acabamos de ejecutar instrucciones. Hemos atravesado un pensamiento.
Y eso lo cambia todo.
La clave no es tal vez la cantidad, sino la firma
Frente a un océano de diagramas, la respuesta no es probablemente producir más, ni facilitar el acceso. Es el discernimiento.
Lo que marca, lo que queda, no es un diagrama aislado. Es una voz.
Un artista que construye un universo. Una coherencia. Una trayectoria.
Cuando un creador afirma una verdadera singularidad, ya no consumimos un modelo. Seguimos a un autor.
Y en ese momento, la relación cambia. Ya no acumulamos. Esperamos.
¿Cómo existir de forma duradera?
Para los artistas, esto supone tal vez profundizar en lugar de acelerar. Buscar una coherencia en lugar de un volumen.
Para los plegadores, esto supone elegir en lugar de apilar.
Y para la edición, el papel evoluciona también. Ya no se trata de constituir la biblioteca más vasta. Se trata de dar referencias. Poner de relieve trayectorias. Acompañar firmas en el tiempo. Construir historias en lugar de yuxtaponer títulos.
En la abundancia, lo que devuelve el valor no es la escasez artificial. Es el sentido.
Deseo que el origami entre en una fase más consciente de su desarrollo. Menos cuantitativa. Más atenta a las voces que aportan algo único.
Y es probablemente en esa dirección donde se jugará su futuro.