Plegado sagrado: los orígenes espirituales del origami
Primer post de una serie de 6. Esta serie servirá también como introducción a una futura formación que tendré el honor de impartir en la Escuela Athanor de Lyon. Exploraré con los participantes el origami no solo como un arte del papel, sino como una vía de transformación interior. A través del pliegue, abriremos también una reflexión más amplia sobre cómo un arte, un gesto o una práctica cotidiana puede, en determinadas condiciones, convertirse en un camino de sabiduría.
Post 1/6 : El papel antes del origami: una materia rara, pura y preciosa
Cuando observamos hoy los primeros tiempos del origami, es fácil juzgarlos con cierta condescendencia.
Vemos pocos modelos.
Formas simples.
A veces casi rudimentarias.
Entonces, frente a esos primeros plegados, podríamos pensar que el origami estaba todavía en su infancia.
Pero esta mirada moderna olvida algo esencial.
Lo que era raro en otros tiempos no era solo la complejidad de los modelos.
Era la propia hoja.
Hoy tomamos una hoja de papel casi sin pensarlo. La sacamos de un paquete, la plegamos, a veces la arrugamos, y la tiramos si no nos conviene.
Pero en los primeros tiempos del papel, cada hoja era preciosa.
- Requería tiempo.
- Materia.
- Saber hacer.
- Una cadena de gestos.
Por eso plegar una hoja no era un gesto insignificante.
Cuando una materia es rara, cada gesto realizado sobre ella adquiere más gravedad.
Plegar ya no es simplemente manipular.
Es comprometer una materia preciosa en un proceso casi irreversible.
Si los primeros plegados nos parecen simples, quizá no sea porque eran pobres.
Quizá sea porque estaban cerca de lo esencial.
Nos recuerdan algo que el origami moderno olvida a veces: la profundidad de un pliegue no depende solo de su complejidad, sino de la presencia con la que se realiza.
Cuando el gesto se convierte en respeto, el pliegue toca lo sagrado.